Se sentó delante de la hoja en blanco, con el bolígrafo al lado, y esperó que viniera la inspiración. Y pasaron las horas, y la hoja seguía inmaculada, sin moverse. Finalmente se cansó y lo dejó para el día siguiente. Pero la situación no cambió. Cada día se le veía, inmóvil, junto a la hoja y el bolígrafo, esperando a la inspiración. Hasta que un día, harto de esa espera infructuosa, decidió probar suerte. Cogió el bolígrafo, y pensó cual podría ser un buen comienzo para una historia que ni siquiera había planeado aún. No le gustó, tiró la hoja, y lo volvió a intentar. Así pasó otras tantas horas, hasta que la inspiración pensó: ahora sí, ya se ha esforzado lo suficiente. Y entonces decidió acercarse a él y hacer uso de su don.